La pintura y la construcción del espacio. Geometría y matemática como lenguaje visual

Eugenia Abadia Gonzalez Archivo Carlos Gonzalez Ramirez
Eugenia María Abadía González
Investigadora y curadora

La pintura de Carlos González se organiza en una comprensión de la geometría como principio estructurante del espacio visual. En su práctica, la geometría no comparece como ornamento ni como cita de la tradición abstracta, sino como un sistema de pensamiento que articula la pintura desde su lógica interna. Líneas, planos y proporciones configuran el campo pictórico a partir de relaciones de orden —progresiones, secuencias y modulaciones vinculadas a la serie de Fibonacci¹ y a la proporción divina— asumidas no como fórmula aplicada, sino como fundamento de equilibrio.

Esta lógica constructiva se traduce en una pintura de depuración formal, donde el color no recubre la superficie, sino que la constituye mediante veladuras que organizan el espacio por capas de transparencia y densidad. La luz no interviene como efecto externo, sino como condición estructural del campo cromático; es el propio color el que establece tensiones, ritmos y relaciones espaciales. En este sistema, el vacío deja de ser remanente para convertirse en elemento activo de la composición.

A lo largo de su trayectoria, este pensamiento geométrico se manifiesta en distintas series que evidencian desplazamientos y reformulaciones internas del lenguaje. El trabajo en series constituye, de hecho, una constante en su producción, permitiéndole explorar de manera sostenida las posibilidades formales y espaciales de cada problema pictórico. En Triángulo equilátero (1983), la figura elemental actúa como matriz de organización espacial; en los Polípticos (1990), la estructura se desplaza hacia una lógica modular que introduce variaciones rítmicas entre unidades autónomas. La serie Cuñas (1995) intensifica la tensión entre planos y direcciones, mientras que en Fuera del cuadro (1999) la pintura problematiza sus propios límites al expandirse conceptualmente más allá del formato. En obras como Canto rodado (2002), o Geometría sensible (2014) donde la forma tiende a la síntesis, y el orden geométrico adquiere resonancias históricas que complejizan su lectura. Su tránsito por el arte óptico, por su parte, introduce una investigación perceptiva que, lejos de constituir un quiebre, se integra como variación dentro de un mismo horizonte constructivo.

González no ha articulado su obra mediante manifiestos; su posición se inscribe, más bien, en la continuidad entre procedimiento y lenguaje. En su práctica, el orden matemático de la forma —entendido dentro de una geometría de la proporción— no se presenta como esquema, sino como una medida silenciosa que sostiene la arquitectura interna de la pintura. Así, la geometría se desplaza desde su dimensión abstracta hacia una experiencia visual en la que el rigor estructural deviene forma de sensibilidad.

 

1 La referencia a la serie de Fibonacci y a la denominada proporción divina nos evoca a una tradición histórica que vincula el orden matemático con la percepción de armonía y belleza. La sucesión descrita por Leonardo de Pisa (Fibonacci) en el siglo XIII (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21…) produce relaciones numéricas que tienden al número áureo (φ ≈ 1.618), formalizado ya en la geometría clásica por Euclides como la división de un segmento en media y extrema razón.

Para los pitagóricos griegos, el número era el principio estructurante del cosmos, y la belleza se entendía como expresión de proporción y orden. En el pensamiento romano, Vitruvio trasladó esta idea al campo de la arquitectura, afirmando que la armonía formal debía fundarse en relaciones matemáticas, tal como ocurría en el cuerpo humano. Durante el Renacimiento italiano, Luca Pacioli reinterpretó esta tradición en De divina proportione (1498), donde definió la proporción áurea como reflejo de un orden universal, idea reforzada visualmente por las ilustraciones de Leonardo da Vinci.

En otras culturas, como la egipcia, la china y la islámica, aunque no formuladas en términos del número áureo, existieron concepciones análogas donde la regularidad geométrica, la modulación y la simetría eran entendidas como manifestaciones de equilibrio y perfección.

En el arte moderno y contemporáneo, estas estructuras han sido retomadas no como canon rígido, sino como lógica interna de organización visual, en la que proporción, ritmo y relación numérica contribuyen a generar equilibrio compositivo.